Las Cronicas.

En esta pagina de nuestro blog, colgaremos algunas crónicas que hacen referencias a la mítica ciudad de Vilcabamba La Grande.

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ExpediciónEn busca restos de Vilcabamba, Capital perdida reino Inca

Historia de Vilcabamba la Grande
Cuando Francisco Pizarro llegó a las costas del Perú el imperio Inca estaba dividido por una cruenta guerra civil que enfrentaba al Inca Huáscar contra su hermano Atahualpa. En el transcurso de los combates Huáscar cayó prisionero y fue ejecutado, por lo que cuando Pizarro condenó a muerte a Atahualpa en Cajamarca en 1533, en Cusco recibieron a los españoles como amigos y libertadores. Pizarro estableció una alianza con Manco Inca Yupanqui, hijo de Huáscar y apoyó su nombramiento como nuevo Inca en Cusco con la intención de mantenerlo como figura decorativa.

En 1535 Almagro salió de Cusco hacia Chile y Pizarro partió para Lima dejando en Cusco una pequeña guarnición de españoles bajo el mando de Hernando Pizarro. Manco Inca comprendió pronto que los españoles restringían su libertad de movimientos y no pensaban marcharse.
Hernando Pizarro maltrató al Inca y a su familia humillándole al apresarlo en medio de una fiesta familiar, poniéndole grilletes y metiéndolo en prisión acusado de planear una revuelta. Manco Inca les dio varios objetos de oro y con la promesa de traer un gran tesoro consiguió autorización para salir de Cusco en Abril de 1536. Una vez libre reunió un gran ejército con el que puso cerco a Cusco un mes después. 

La ciudad estuvo seriamente amenazada durante trece meses por decenas de miles de guerreros incas, pero los españoles, uno o dos centenares y varios miles de defensores locales consiguieron resistir hasta que ante la inminente llegada de refuerzos se levantó el cerco. Contribuyeron a este resultado algunos errores militares de los generales de Manco Inca además del armamento de los españoles: armas de fuego, corazas y espadas de acero, contra hondas y mazas de piedra y bronce. Manco finalmente se retiró hacia el refugio natural que forman los ríos Urubamba-Vilcanota y Apurímac al abrazar la sierra de Vilcabamba; allí se replegó con treinta mil guerreros y fundó un reino independiente en el corazón de los Andes.
Desde Vilcabamba, Manco Inca mantuvo una intensa guerra de desgaste y resistencia contra las tropas españolas amenazando las comunicaciones entre Cusco y Lima. Intentó sacar partido de la guerra civil entre los partidarios de Pizarro y Almagro y concedió hospitalidad a cinco almagristas fugitivos; pero le traicionaron y lo asesinaron en presencia de su hijo pequeño, Tito Cussi.
Tras la trágica muerte de Manco Inca fue designado sucesor su primogénito, Sayri Tupac, de sólo diez años. Años después aceptó negociar con los españoles y sus aliados, recibió a algunos mediadores enviados por el Virrey, entre ellos a Juan de Betanzos y finalmente firmó la paz. Aceptó el bautismo en 1558, salió de Vilcabamba, recorrió triunfalmente el país y se fue a vivir a Yucay, en el Valle Sagrado junto al río Urubamba. Antes viajó a Lima y a Cusco donde fue aclamado como Inca. Murió al poco tiempo en su palacio en Yucay – del cual se conserva en la actualidad la fachada.
Su hermano, Tito Cussi se proclamó tercer Inca en Vilcabamba. Organizó una eficaz lucha de guerrillas contra los españoles, convirtiendo el pequeño reino en el símbolo de la resistencia incaica. Planeó una fallida rebelión de pueblos que pretendía echar al mar a los españoles y reconstruir el imperio inca. Más tarde firmó un acuerdo de paz y murió en extrañas circunstancias.
 

El cuarto Inca de Vilcabamba, Tupac Amaru, tuvo un reinado tan breve como dramático. El Virrey Toledo se enfureció cuando fue atacada la embajada de paz que envió a Vilcabamba y organizó un ejército para conquistar el reino. El 24 de Junio de 1572 las tropas españolas entraron en su capital, Hatum Vilcabamba o Vilcabamba la Grande, que había sido incendiada la noche anterior por sus ocupantes en retirada. El Inca Tupac Amaru fue capturado en la selva, ejecutado en la plaza de Armas de Cusco y convertido en símbolo del imperio perdido.
Después de la conquista de Vilcabamba la Grande los españoles fundaron una nueva población en un lugar más adecuado para sus planes de explotación minera llamada San Francisco de la Victoria de Vilcabamba, o Vilcabamba la Nueva. Vilcabamba la Grande, el último reducto Inca se despobló y con el paso del tiempo la vegetación ecuatorial y el olvido cubrieron los restos de la última capital inca.
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21.03.2014

Perú: Reportan nuevos hallazgos arqueológicos vinculados a la capital perdida del Imperio Inca.




Perú. Una expedición española, liderada por el periodista e historiador Santiago del Valle, miembro de la Sociedad Geográfica, con el patrocinio de AECID, Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo, ha estado trabajando en la exploración de los restos de Vilcabamba la Grande, la capital perdida del reino Inca.

El conjunto de hallazgos arqueológicos, analizados a la luz de la documentación histórica disponible, reafirma a los expedicionarios en la convicción de que están descubriendo los restos de Vilcabamba la Grande, la capital perdida del último reino Inca.

Con esta nueva expedición, se trata de la undécima, están en condiciones de precisar la ubicación de la capital inca perdida y comenzar a reconstruir la estructura original de la ciudad perdida, su zona noble, su núcleo urbano, las zonas agrícolas, el área religiosa y las estructuras defensivas que la protegían.

La Sociedad Geográfica Española en colaboración con PromPerú presentan la conferencia que Santiago del Valle impartirá el próximo martes 4 de noviembre, a las 19:30 h. en el hotel Velázquez de Madrid, y en la que desvelará las últimas investigaciones y hallazgos arqueológicos en torno a la ubicación de la capital perdida del Reino Inca.

El misterio de Vilcabamba la Grande

La investigación comenzó siguiendo los pasos del cronista de origen gallego Juan Díez de Betanzos, quien viajó a la zona en el siglo XVI como mediador en busca de un acuerdo de paz entre la corona española y el reino Inca independiente.

Betanzos se esforzó por proteger y conservar la cultura y la historia de los pueblos andinos. Su matrimonio con la princesa inca Cuxirimay Ocllo, que había sido mujer principal de Atahualpa le unió familiarmente con la nobleza incaica. Su conocimiento del quechua, le permitió obtener de primera mano información sobre aquel imperio inca, que narra en su "Suma y Narración de los Incas", una obra clave en la investigación y que se perdió con el paso del tiempo. Sólo se conocía una pequeña parte de ella - descubierta hace casi cien años en El Escorial por el historiador español Jiménez de la Espada.

Pero en 1987, la Historiadora Carmen Martín Rubio encontró un ejemplar completo en la biblioteca de la Fundación March en Palma de Mallorca. La obra completa constituye el primer legado histórico referido a la genealogía de los Incas y uno de los documentos etnográficos más importantes del mundo andino ya que revela nuevos y sorprendentes datos sobre la historia y la cultura Inca. Concluye con la despedida de Juan de Betanzos que parte como mediador para negociar la pacificación del reino de Vilcabamba, gobernado por el Inca Sayri Túpac, quien mantenía su independencia frente a la corona española.

Betanzos se entrevistó con el Inca en la cercana Pampaconas y no llegó a conocer la capital, Vilcabamba la Grande aunque sus explicaciones sobre la ruta han sido clave para su localización.

En busca de los restos de la ciudad perdida …"Los resultados de nuestra prospección satisfacen plenamente las expectativas que nos habíamos creado. Estamos muy satisfechos y podemos afirmar que no hay duda de que allí está Vilcabamba la Grande. Hemos identificado un total de treinta y cinco viviendas incas en un área de gran densidad de vegetación que estimamos oculta varios centenares de viviendas y es el núcleo urbano de la capital inca perdida". Extracto del Diario de la Expedición de Santiago del Valle.

La trágica historia del último reino Inca y los misterios que lo rodean, la relevancia histórica y su simbolismo atrajeron la atención de investigadores locales y de otros lugares del mundo que desde hace siglo y medio han perseguido la localización de Vilcabamba la Grande. De acuerdo con las crónicas de la época la ciudad se encontraba en lo alto de una escarpada montaña en una de las zonas del reino de más difícil acceso y la documentación existente en archivos y museos fue exhaustivamente revisada en busca de pistas para su localización.

Durante el siglo pasado comenzó la búsqueda de esta ciudad perdida con acercamientos graduales. En 1834 el Conde de Sartigni descubrió Choqquequirao, que en 1847, Françoise Angrand interpretó como la capital del reino Incade Vilcabamba. Esta misma tesis la mantuvo en 1865 Antonio Raimondi . En 1909 el historiador C.A. Romero demostró que era un error.
Hiram Bingham realizó varias expediciones en busca de la capital perdida. En 1911 descubrió Vitcos y a continuación Espíritu Pampa. Buscó el emplazamiento de la ciudad Inca de Pampaconas pero no consiguió identificarla. Por último a cien kilómetros al oeste de Vitcos descubrió Machu-Pichu, donde creyó haber encontrado Vilcabamba la Grande; aunque investigaciones posteriores confirmaron que el territorio de Vilcabamba y su capital se encontraba más al oeste.

En los años siguientes importantes expediciones francesas, italianas, norteamericanas y peruanas recorrieron el distrito de Vilcabamba. Entre ellas cabe citar las dirigidas por Luis Angel Aragón en 1943 y Santander Caselli en 1965. El norteamericano Gene Savoy en 1966 afirmó que las ruinas descubiertas por Bingham en 1911 en Espíritu Pampa eran los restos de Vilcabamba la Grande.

Durante los años siguientes muchos investigadores aceptaron esta tesis que tuvo gran repercusión mundial, aunque un estudio más detallado del lugar permitió llegar a la evidencia de que Espíritu Pampa junto al río Concebidaioc no es Vilcabamba la Grande.

La estructura del lugar, situado en un valle bajo, fácilmente accesible, no coincide con las descripciones del siglo XVI sobre la gran capital Inca perdida, que era inaccesible para los caballos, de acuerdo con las crónicas de la época. El principal error de Savoy fue confundir el río Concebidaioc con el río Pampaconas, algo de gran importancia en esta investigación, porque el ejército español avanzó siguiendo el Pampaconas en su ataque final a Vilcabamba la Grande. Sorprendentemente, su ubicación estaba indicada correctamente ya en 1908 en un mapa publicado por el Instituto Geográfico del Perú archivado en la Biblioteca Nacional de España y que posteriormente ha sido fundamental para la investigación.







 ¿Cambia la historia por una nueva versión de la conquista del Perú?
Por Roque D. Favale


 A partir de los relatos hechos por los cronistas, y dejados a las generaciones futuras sobre los sucesos acaecidos el 16 de noviembre de 1532 en la plaza central de la ciudad de Cajamarca, en el territorio del actual Perú, cuando el conquistador español Francisco Pizarro, al mando de sus hombres, dominó al monarca inca Atahualpa y todo su ejército, poniendo fin al imperio del Tahuantinsuyo, siempre se ha dado por cierto, detalle más o menos, lo que habría sucedido durante aquel fatídico día, y que dio inicio a una sucesión de hechos que culminaron con la ejecución del Inca poco tiempo después.
El correr de los años, conjuntamente con la periódica aparición de nuevos relatos, crónicas y documentos de diferentes fuentes, que versaban sobre lo sucedido, consolidó la condición de hecho histórico, en principio irrefutable, de las alternativas que se vivieron en ese aciago día del siglo XVI, más allá de pequeñas diferencias entre relato y relato, dependiendo del origen de las fuentes. Si bien estas diferencias se hacen notar a la hora de buscar elementos que ayuden a comprender a fondo los sucesos que rodearon la captura de Atahualpa y su posterior ejecución, no configuran elementos relevantes que modifiquen sustancialmente el hilo principal de la historia ya conocida. Existen numerosos relatos, testimonios y documentos, tanto de fuentes de origen indígena como española, oficiales y no oficiales, como Guamán Poma de Ayala, el Inca Garcilazo, Tito Cusi Yupanqui, Francisco de Jerez o Pedro Pizarro, entre muchos otros, que, a pesar de las posiciones enfrentadas de sus autores, sólo difieren en detalles como si el Fraile Valverde intentó frenar el ataque español en la plaza o lo incentivó, sobre la forma en que Atahualpa se deshizo de la Biblia entregada por el religioso, cómo fue la señal de Pizarro o la fecha exacta en que fue ejecutado el destronado Inca.
Lógicamente, es esta una situación normal, ya que la misma historia, a menudo es relatada por muchas personas: vencedores, vencidos, testigos presenciales o no, místicos o escépticos, o interesados en instalar determinados hechos en la historia por intereses particulares o políticos, y es la tarea del historiador, interpretar, analizar y depurar toda la información disponible, para intentar llegar lo más cerca posible de la verdad de los hechos, cosa que, evidentemente, es muy difícil de alcanzar cuando se trata de sucesos acaecidos varios siglos atrás.
Entonces, se entiende que sobre cualquier hecho histórico, pueden existir siempre elementos propicios para el debate entre defensores de diferentes posturas o interpretaciones, reforzando esa condición que tiene la historia, siempre sujeta a la posibilidad de modificaciones, ante cualquier nuevo descubrimiento que pudiere producirse en una biblioteca, un yacimiento arqueológico, una colección privada, o en cualquier parte. Pero aun así no resulta habitual que un descubrimiento de este tipo, ponga en duda la veracidad de un hecho histórico que se tenía por incontrastable desde hace siglos; es más, desde el mismo día de producido, como ha sucedido con los sucesos de la plaza de
 A partir de los relatos hechos por los cronistas, y dejados a las generaciones futuras sobre los sucesos acaecidos el 16 de noviembre de 1532 en la plaza central de la ciudad de Cajamarca, en el territorio del actual Perú, cuando el conquistador español Francisco Pizarro, al mando de sus hombres, dominó al monarca inca Atahualpa y todo su ejército, poniendo fin al imperio del Tahuantinsuyo, siempre se ha dado por cierto, detalle más o menos, lo que habría sucedido durante aquel fatídico día, y que dio inicio a una sucesión de hechos que culminaron con la ejecución del Inca poco tiempo después.
El correr de los años, conjuntamente con la periódica aparición de nuevos relatos, crónicas y documentos de diferentes fuentes, que versaban sobre lo sucedido, consolidó la condición de hecho histórico, en principio irrefutable, de las alternativas que se vivieron en ese aciago día del siglo XVI, más allá de pequeñas diferencias entre relato y relato, dependiendo del origen de las fuentes. Si bien estas diferencias se hacen notar a la hora de buscar elementos que ayuden a comprender a fondo los sucesos que rodearon la captura de Atahualpa y su posterior ejecución, no configuran elementos relevantes que modifiquen sustancialmente el hilo principal de la historia ya conocida. Existen numerosos relatos, testimonios y documentos, tanto de fuentes de origen indígena como española, oficiales y no oficiales, como Guamán Poma de Ayala, el Inca Garcilazo, Tito Cusi Yupanqui, Francisco de Jerez o Pedro Pizarro, entre muchos otros, que, a pesar de las posiciones enfrentadas de sus autores, sólo difieren en detalles como si el Fraile Valverde intentó frenar el ataque español en la plaza o lo incentivó, sobre la forma en que Atahualpa se deshizo de la Biblia entregada por el religioso, cómo fue la señal de Pizarro o la fecha exacta en que fue ejecutado el destronado Inca.
Lógicamente, es esta una situación normal, ya que la misma historia, a menudo es relatada por muchas personas: vencedores, vencidos, testigos presenciales o no, místicos o escépticos, o interesados en instalar determinados hechos en la historia por intereses particulares o políticos, y es la tarea del historiador, interpretar, analizar y depurar toda la información disponible, para intentar llegar lo más cerca posible de la verdad de los hechos, cosa que, evidentemente, es muy difícil de alcanzar cuando se trata de sucesos acaecidos varios siglos atrás.
Entonces, se entiende que sobre cualquier hecho histórico, pueden existir siempre elementos propicios para el debate entre defensores de diferentes posturas o interpretaciones, reforzando esa condición que tiene la historia, siempre sujeta a la posibilidad de modificaciones, ante cualquier nuevo descubrimiento que pudiere producirse en una biblioteca, un yacimiento arqueológico, una colección privada, o en cualquier parte. Pero aun así no resulta habitual que un descubrimiento de este tipo, ponga en duda la veracidad de un hecho histórico que se tenía por incontrastable desde hace siglos; es más, desde el mismo día de producido, como ha sucedido con los sucesos de la plaza de Cajamarca del 16 de noviembre de 1532 cuando tuvo lugar el trágico encuentro entre el Inca Atahualpa y el conquistador extremeño Francisco Pizarro.

¿Qué pudo haber sucedido realmente? Los Documentos Miccinelli
¿Habrán sucedido realmente así los hechos? Veamos: En el año 1996, la historiadora italiana Laura Laurencich Minelli, profesora de historia y Civilizaciones Precolombinas de la Universidad de Bolonia, dio a conocer en el IV Congreso de Etnohistoria, en la ciudad de Lima, Perú, unos documentos, conocidos como Documentos Miccinelli, cuyo contenido desvirtuarían completamente la versión de los hechos acontecidos en Cajamarca, de acuerdo con la versión tradicional, tenida por cierta desde hace siglos.
La historiadora tomó conocimiento en el año 1994 de la existencia de estos documentos que pertenecían a la colección privada de la profesora de lenguas clásicas Clara Miccinelli, de Nápoles, y que le habían sido entregadas a su familia, más exactamente a su tío, el mayor Riccardo Cera, por el duque de Aosta, Amadeo de Saboya, perteneciente a una rama colateral de la familia reinante italiana, en el año 1927. Laurencich Minelli supo de estos documentos cuando se topó con un libro llamado Quipu: el nudo parlante, cuya autoría correspondía a la propia Miccinelli, Carlo Animato y Paolo Rossi. En el mismo, se trataba sobre el complejo sistema de comunicaciones y archivo de datos utilizado por los incas, basado en cuerdas anudadas estratégicamente, y se reproducía parte de los documentos posteriormente dados a conocer en el congreso. Si bien la profesora Laurencich Minelli, no había sabido de la existencia de estos documentos hasta que casualmente se topó con ellos, se sabe que ya muchos años atrás hubo historiadores interesados en dar a conocer su contenido al mundo académico y científico, por ejemplo cuando el célebre antropólogo y americanista francés Paul Rivet entabló negociaciones con la familia Miccinelli alrededor de 1860 con el objeto de adquirir los documentos, que finalmente no llegaron a buen puerto.
Los controvertidos documentos constan de dos partes o cuerpos, ambos de origen jesuítico:1) Exsul Immeritus Blas Valera Populo y 2) Historia et Rudimenta Linguae Piruanorum.
Si bien los documentos tienen autores y fechas diferentes, tratan en general sobre los mismos acontecimientos, pero valiéndose de diferentes elementos. Lo notable de los contenidos de estos documentos, radica en que ofrecen datos nunca conocidos que contrarían algunos de los hechos que, como ya se ha dicho, se tenían por ciertos desde hace mucho tiempo.
En primer lugar, el documento Exsul Immeritus Blas Valera Populo, el más antiguo de ambos, habría sido escrito por el padre jesuita y cronista Blas Valera, quien firma el documento el 10 de mayo de 1618 en Alacalá de Henares, España. Este hombre era un religioso mestizo a quien se adjudican varias obras literarias desaparecidas actualmente, pero de quien no se conocen mayores detalles sobre su vida. En este documento, conformado por numerosas cartas, anexos y dibujos, Blas Valera proporciona datos autobiográficos, y otros numerosos datos, apreciaciones e información diversa sobre la cultura incaica. En una de sus secciones, Blas Valera expresa con vehemencia su condena a la aniquilación de la civilización incaica por causa de la conquista española, da su versión de los hechos, y considera que se deben llevar a cabo acciones a los fines de instaurar un nuevo reino Inca-cristiano, dentro de los territorios de la Corona española, y en cierta forma, él se constituye en el líder de un movimiento, quizá con aspiraciones de revolucionario, que consideraba ilegítima la conquista de Pizarro por haber sido obtenida por la traición y el engaño.
El segundo documento, el Historia et Rudimenta Linguae Piruanorum, no fue escrito por Blas Valera, sino que fue confeccionado años después de la muerte del religioso, por un grupo de jesuitas que por algún motivo no quisieron darse a conocer y se identificaron solamente con sus iniciales. En los documentos también se trata sobre temas referidos a la ilegitimidad de la conquista española, y cuestionan duramente el derecho del reino ibérico de mantener el poder sobre los territorios del Perú.
Por otra parte, este documento abre un gran interrogante sobre la vida del jesuita, y su legado: teóricamente, de acuerdo a la historia conocida hasta ahora, el jesuita Blas Valera, murió el 2 de abril de 1597, pero dentro de los contenidos de estos textos, se afirma que en realidad, luego de una serie de sucesos entre los cuales se incluye su destierro del Perú, pero no por un asunto de mujeres, como se tenía por cierto hasta ahora, sino por herejía y subversión política, lo que habría desembocado en su muerte civil, y un posterior regreso al territorio andino en 1599, falleció en realidad en 1619 en España. Durante su última estadía en las tierras del extinto imperio de sus ancestros, habría escrito una obra de gran envergadura sobre la cultura de los incas, conocida como Nueva Corónica y Buen Gobierno, mundialmente conocida y apreciada en la actualidad, pero atribuida hasta ahora al mestizo Guamán Poma de Ayala.
Esta obra es de características monumentales, debido al importante y extenso contenido que posee, y que incluye unos trescientos dibujos que ilustran con maestría episodios, historia, vida y costumbres del pueblo de los incas, y que fueron elemento importante para componer los actuales conocimientos que se tienen sobre esta civilización. De acuerdo con el texto de los documentos, Guamán Poma de Ayala habría firmado un contrato, que forma parte de los documentos, en el que se había comprometido a prestar su nombre para figurar como autor de la obra, en lugar de sus “verdaderos” autores, los jesuitas Blas Valera, quien se encontraba muerto jurídicamente desde el año 1597, y Gonzalo Ruiz, quien sería, según los documentos Miccinelli, el autor de los dibujos.
La Nueva Corónica fue concluida en el año 1615, cuatro años antes de la supuesta muerte real de Blas Valera, y se confeccionó en forma de carta para el rey Felipe III de España. Rápidamente su rastro se perdió durante siglos hasta que recién en 1908 fue descubierta en la Biblioteca Real de Dinamarca, en la ciudad de Copenaghe por el investigador alemán Richard Pietschmann, en cuyos registros figura como ingresada entre los años 1784 y 1786. Recién fue publicado su facsímil por primera vez en el año 1936, y en la actualidad puede consultarse en un sitio web dedicado exclusivamente a este trabajo, en http://www.kb.dk/elib/mss/poma/, una excelente página realizada por la Biblioteca Real de Dinamarca.
Uno de los elementos más importantes de toda esta documentación, lo constituye el más antiguo de todos los documentos agregados, la carta de Francisco de Chaves al rey, incluida en el Exsul Immeritus, fechada el 5 de junio de 1533, que es justamente el documento que más pone en tela de juicio la veracidad de los hechos que supuestamente ocurrieron en la plaza central de Cajamarca, aquel día en que fue capturado el Inca Atahualpa. Francisco de Chaves era un soldado de la hueste de Pizarro que presenció in situ la captura y ejecución del Inca depuesto, y habría procurado defenderlo de sus compañeros, sin éxito. Ante sus encontrados sentimientos opuestos al accionar de Pizarro, diez días después de la ejecución de Atahualpa, Chaves habría decidido escribir una carta al rey, contándole todo lo que había visto: la verdadera forma en que se habría capturado al monarca Inca, el saqueo que se estaba practicando sobre las tierras conquistadas, el robo de Pizarro y sus hermanos del Quinto Real, perteneciente al Rey, y la feroz censura ejercida por el conquistador para que nada de lo sucedido pudiera hacerse público. Sin muchas posibilidades de dar curso a esa carta, se la entregó a Luis Valera, pariente de Blas Valera, por el año 1535 durante la expedición de Almagro a Chile, de la cual Chaves formó parte, por haberse alineado en su hueste, en contra de los Pizarro. De hecho, se tiene por muy probable que Francisco de Chaves habría escrito una relación de los hechos, pero estas crónicas se encuentran perdidas, y de esta manera, esta carta, recién presentada a la comunidad académica y científica internacional en el año 1998, constituye el único testimonio conocido hasta nuestros días que levanta la voz en este tono contra de Francisco Pizarro y sus hermanos. Algo verdaderamente llamativo.
Veamos, entonces, cómo se desarrollaron los sucesos de Cajamarca, de acuerdo a la versión de la carta de Chaves: Según los testimonios vertidos en esta misiva, Pizarro no sólo no capturó por las armas al Inca Atahualpa, sino que jamás habría tenido lugar la tristemente célebre batalla en la plaza de Cajamarca que se desató cuando se propusieron capturar al monarca indígena, en aquel 16 de noviembre de 1532.
De acuerdo a lo testimoniado por Chaves, Francisco Pizarro habría urdido un plan para engañar maliciosamente al Inca y deshacerse de toda su plana mayor de un solo golpe, mediante una trampa. El ardid habría consistido en invitar al Inca y todos sus principales a celebrar un brindis. Luego de haber aceptado el convite, todos los invitados habrían sido servidos con vino moscatel envenenado, provocando de esta forma una muerte masiva de la plana mayor indígena, y capturando luego al desprotegido Inca Atahualpa, quien no habría sido convidado con la bebida envenenada para mantenerlo con vida hasta que ya no lo necesitaran. El mortal brebaje habría sido preparado por tres frailes dominicos que viajaban con la hueste, fray Vicente Valverde, fray Juano de Yepes, y fray Reginaldo de Pedraza, quienes lo habrían elaborado mezclando el vino moscatel con rejalgar (trisolfuro de arsénico). Cabe destacar que en el documento Exsul Immeritus se aprecia, en una de sus páginas, un dibujo que ilustra al dominico Juano de Yepes conduciendo un carro tirado por una bestia, que carga el vino moscatel envenenado destinado a asesinar a los incas. Chaves afirma que ya desde antes de partir de Panamá se había urdido el plan, al punto que manifiesta que se cargaron en los navíos cuatro toneles de vino moscatel envenenado para usarlo cuando fuera necesario, y que los frailes comentaban con el extremeño a menudo sobre el plan, a lo largo del viaje hacia el Perú. Además, afirma que fray Yepes fue asesinado posteriormente por el mismo Francisco Pizarro con un puñal, aparentemente por la voluntad del fraile de denunciar el complot, quizá arrepentido de haber formado parte de él desde el principio. Otro elemento que agrega para inculpar a Pizarro, es que cuando Atahualpa se vio sólo y derrotado, solicitó formalmente, desde su condición de monarca que fuera trasladado ante Carlos V, pedido que fue denegado de plano por el capitán extremeño. Proporciona, además los nombres de cada uno de los compañeros de Pizarro con quienes se apropió del Quinto Real perteneciente a su majestad.
Esta carta, cuenta además con dos notas, una del lic. Polo de Ondegardo corregidor del Cusco, quien tiene que haberla tenido en su poder entre 1559 y 1560, y que dice "No es cosa", forma para recomendar no tenerla en consideración, y luego estampó su firma. La otra es del P, José de Acosta, que fue Provincial del Perú, que anotó, entre 1576 y 1581: "Non D.D. ExSimus”, lo que significa “no se entregó a la persona a la cual estaba dirigida”.
En apoyo de la autenticidad de la carta de Chaves, se cita la existencia de otras dos cartas que el lic. Francisco de Boan, dirigió a don Pedro Fernández de Castro, Conde de Lemos, virrey de Nápoles (1610-1616), ex virrey del Perú, fechadas respectivamente en la Ciudad de los Reyes, actual Lima, el 28 de marzo de 1610 y el 31 de octubre de 1611. El contenido de estas cartas que la historiadora italiana Francesca Cantù habría hallado recientemente en el Archivio di Stato di Napoli, y que no están relacionadas a los documentos Miccinelli, tratan los mismos temas en discusión a raíz de la carta de Chaves, y están acompañadas de un curioso dibujo que representa a Chaves sentado en una silla, escribiendo la carta al rey en la que denuncia a Pizarro. Este dibujo habría sido realizado por el mismo autor de los dibujos de la Nueva Corónica.
El texto de la primera carta testimonia cómo la censura instaurada por Francisco Pizarro no logró plenamente el objetivo esperado ya que fue burlado por el relato del capitán Francisco de Cháves, como testigo del envenenamiento del Inca y su plana mayor, perpetrado por Pizarro en Cajamarca, y se muestra algo preocupado por el recuerdo popular que aún se mantenía en ese momento sobre: “ el capitán Francisco de Cháves, de los de la primera conquista, que denunciaron al marqués Pizarro y sus compañeros por matar a los caudillos del tyrano Atagualpa con veneno...”
En la segunda carta, el lic. Boan, relata cómo debió llevar adelante una detallada investigación de las relaciones escritas sobre la conquista y manifiesta que gracias a esa labor encontró una memoria de las hazañas de Cajamarca no sometida a censura, que fuera escrita por el hidalgo Alonso de Briceño, en la cual se denuncian exactamente los mismos asuntos denunciados por Cháves en su carta al rey. Esto es: el envenenamiento de Atahualpa y sus acompañantes por parte de Pizarro, así como las falsas cuentas de Riquelme y Salcedo. Además, brinda los nombres de un nutrido grupo de soldados que estuvieron en contra del accionar del capitán y sus hermanos: Francisco de Cháves, Diego de Mendana, Diego Mendez, Rodrigo Orgonez, García Martín, J. de Padilla, Diego de Aguilera, Hernando de Mercado, Rodrigo de Ibarra, Francisco de Albarrán. Así, esta carta reafirma la versión de los contenidos en la carta de Francisco de Cháves, y establece que aparentemente no sólo esta misiva se habría escapado de la censura, sino también otros escritos como esta Memoria de Alonso de Briceño, que Boán le agrega al Virrey que tiene en sus manos y que conviene destruirla. Claro está que este documento no existe en la actualidad. 



 

 

 







        

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