21.03.2014
Perú: Reportan
nuevos hallazgos arqueológicos vinculados a la capital perdida del Imperio
Inca.
Perú. Una
expedición española, liderada por el periodista e historiador Santiago del
Valle, miembro de la Sociedad Geográfica, con el patrocinio de AECID, Agencia
Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo, ha estado trabajando
en la exploración de los restos de Vilcabamba la Grande, la capital perdida del
reino Inca.
El conjunto de
hallazgos arqueológicos, analizados a la luz de la documentación histórica
disponible, reafirma a los expedicionarios en la convicción de que están
descubriendo los restos de Vilcabamba la Grande, la capital perdida del último
reino Inca.
Con esta nueva
expedición, se trata de la undécima, están en condiciones de precisar la
ubicación de la capital inca perdida y comenzar a reconstruir la estructura
original de la ciudad perdida, su zona noble, su núcleo urbano, las zonas
agrícolas, el área religiosa y las estructuras defensivas que la protegían.
La Sociedad
Geográfica Española en colaboración con PromPerú presentan la conferencia que
Santiago del Valle impartirá el próximo martes 4 de noviembre, a las 19:30 h.
en el hotel Velázquez de Madrid, y en la que desvelará las últimas
investigaciones y hallazgos arqueológicos en torno a la ubicación de la capital
perdida del Reino Inca.
El misterio de
Vilcabamba la Grande
La investigación
comenzó siguiendo los pasos del cronista de origen gallego Juan Díez de
Betanzos, quien viajó a la zona en el siglo XVI como mediador en busca de un
acuerdo de paz entre la corona española y el reino Inca independiente.
Betanzos se
esforzó por proteger y conservar la cultura y la historia de los pueblos
andinos. Su matrimonio con la princesa inca Cuxirimay Ocllo, que había sido
mujer principal de Atahualpa le unió familiarmente con la nobleza incaica. Su
conocimiento del quechua, le permitió obtener de primera mano información sobre
aquel imperio inca, que narra en su "Suma y Narración de los Incas",
una obra clave en la investigación y que se perdió con el paso del tiempo. Sólo
se conocía una pequeña parte de ella - descubierta hace casi cien años en El
Escorial por el historiador español Jiménez de la Espada.
Pero en 1987, la
Historiadora Carmen Martín Rubio encontró un ejemplar completo en la biblioteca
de la Fundación March en Palma de Mallorca. La obra completa constituye el
primer legado histórico referido a la genealogía de los Incas y uno de los
documentos etnográficos más importantes del mundo andino ya que revela nuevos y
sorprendentes datos sobre la historia y la cultura Inca. Concluye con la
despedida de Juan de Betanzos que parte como mediador para negociar la
pacificación del reino de Vilcabamba, gobernado por el Inca Sayri Túpac, quien
mantenía su independencia frente a la corona española.
Betanzos se
entrevistó con el Inca en la cercana Pampaconas y no llegó a conocer la
capital, Vilcabamba la Grande aunque sus explicaciones sobre la ruta han sido
clave para su localización.
En busca de los
restos de la ciudad perdida …"Los resultados de nuestra prospección
satisfacen plenamente las expectativas que nos habíamos creado. Estamos muy
satisfechos y podemos afirmar que no hay duda de que allí está Vilcabamba la
Grande. Hemos identificado un total de treinta y cinco viviendas incas en un
área de gran densidad de vegetación que estimamos oculta varios centenares de
viviendas y es el núcleo urbano de la capital inca perdida". Extracto del
Diario de la Expedición de Santiago del Valle.
La trágica
historia del último reino Inca y los misterios que lo rodean, la relevancia
histórica y su simbolismo atrajeron la atención de investigadores locales y de
otros lugares del mundo que desde hace siglo y medio han perseguido la
localización de Vilcabamba la Grande. De acuerdo con las crónicas de la época
la ciudad se encontraba en lo alto de una escarpada montaña en una de las zonas
del reino de más difícil acceso y la documentación existente en archivos y
museos fue exhaustivamente revisada en busca de pistas para su localización.
Durante el siglo pasado comenzó la búsqueda de esta ciudad perdida con
acercamientos graduales. En 1834 el Conde de Sartigni descubrió Choqquequirao,
que en 1847, Françoise Angrand interpretó como la capital del reino Incade
Vilcabamba. Esta misma tesis la mantuvo en 1865 Antonio Raimondi . En 1909 el
historiador C.A. Romero demostró que era un error.
Hiram Bingham realizó varias expediciones en busca de la capital perdida. En
1911 descubrió Vitcos y a continuación Espíritu Pampa. Buscó el emplazamiento
de la ciudad Inca de Pampaconas pero no consiguió identificarla. Por último a
cien kilómetros al oeste de Vitcos descubrió Machu-Pichu, donde creyó haber
encontrado Vilcabamba la Grande; aunque investigaciones posteriores confirmaron
que el territorio de Vilcabamba y su capital se encontraba más al oeste.
En los años
siguientes importantes expediciones francesas, italianas, norteamericanas y
peruanas recorrieron el distrito de Vilcabamba. Entre ellas cabe citar las
dirigidas por Luis Angel Aragón en 1943 y Santander Caselli en 1965. El
norteamericano Gene Savoy en 1966 afirmó que las ruinas descubiertas por
Bingham en 1911 en Espíritu Pampa eran los restos de Vilcabamba la Grande.
Durante los años
siguientes muchos investigadores aceptaron esta tesis que tuvo gran repercusión
mundial, aunque un estudio más detallado del lugar permitió llegar a la
evidencia de que Espíritu Pampa junto al río Concebidaioc no es Vilcabamba la
Grande.
La estructura del lugar, situado en un valle bajo, fácilmente accesible, no
coincide con las descripciones del siglo XVI sobre la gran capital Inca
perdida, que era inaccesible para los caballos, de acuerdo con las crónicas de
la época. El principal error de Savoy fue confundir el río Concebidaioc con el
río Pampaconas, algo de gran importancia en esta investigación, porque el
ejército español avanzó siguiendo el Pampaconas en su ataque final a Vilcabamba
la Grande. Sorprendentemente, su ubicación estaba indicada correctamente ya en
1908 en un mapa publicado por el Instituto Geográfico del Perú archivado en la
Biblioteca Nacional de España y que posteriormente ha sido fundamental para la
investigación.
¿Cambia la
historia por una nueva versión de la conquista del Perú?
Por Roque D. Favale
A partir de los
relatos hechos por los cronistas, y dejados a las generaciones futuras sobre
los sucesos acaecidos el 16 de noviembre de 1532 en la plaza central de la
ciudad de Cajamarca, en el territorio del actual Perú, cuando el conquistador
español Francisco Pizarro, al mando de sus hombres, dominó al monarca inca
Atahualpa y todo su ejército, poniendo fin al imperio del Tahuantinsuyo,
siempre se ha dado por cierto, detalle más o menos, lo que habría sucedido
durante aquel fatídico día, y que dio inicio a una sucesión de hechos que
culminaron con la ejecución del Inca poco tiempo después.
El correr de los años, conjuntamente con la periódica
aparición de nuevos relatos, crónicas y documentos de diferentes fuentes, que
versaban sobre lo sucedido, consolidó la condición de hecho histórico, en
principio irrefutable, de las alternativas que se vivieron en ese aciago día
del siglo XVI, más allá de pequeñas diferencias entre relato y relato,
dependiendo del origen de las fuentes. Si bien estas diferencias se hacen notar
a la hora de buscar elementos que ayuden a comprender a fondo los sucesos que
rodearon la captura de Atahualpa y su posterior ejecución, no configuran
elementos relevantes que modifiquen sustancialmente el hilo principal de la
historia ya conocida. Existen numerosos relatos, testimonios y documentos,
tanto de fuentes de origen indígena como española, oficiales y no oficiales,
como Guamán Poma de Ayala, el Inca Garcilazo, Tito Cusi Yupanqui, Francisco de
Jerez o Pedro Pizarro, entre muchos otros, que, a pesar de las posiciones
enfrentadas de sus autores, sólo difieren en detalles como si el Fraile
Valverde intentó frenar el ataque español en la plaza o lo incentivó, sobre la
forma en que Atahualpa se deshizo de la Biblia entregada por el religioso, cómo
fue la señal de Pizarro o la fecha exacta en que fue ejecutado el destronado
Inca.
Lógicamente, es esta una situación normal, ya que la
misma historia, a menudo es relatada por muchas personas: vencedores, vencidos,
testigos presenciales o no, místicos o escépticos, o interesados en instalar
determinados hechos en la historia por intereses particulares o políticos, y es
la tarea del historiador, interpretar, analizar y depurar toda la información
disponible, para intentar llegar lo más cerca posible de la verdad de los
hechos, cosa que, evidentemente, es muy difícil de alcanzar cuando se trata de
sucesos acaecidos varios siglos atrás.
Entonces, se entiende que sobre
cualquier hecho histórico, pueden existir siempre elementos propicios para el
debate entre defensores de diferentes posturas o interpretaciones, reforzando
esa condición que tiene la historia, siempre sujeta a la posibilidad de
modificaciones, ante cualquier nuevo descubrimiento que pudiere producirse en
una biblioteca, un yacimiento arqueológico, una colección privada, o en
cualquier parte. Pero aun así no resulta habitual que un descubrimiento de este
tipo, ponga en duda la veracidad de un hecho histórico que se tenía por
incontrastable desde hace siglos; es más, desde el mismo día de producido, como
ha sucedido con los sucesos de la plaza de
A partir de los
relatos hechos por los cronistas, y dejados a las generaciones futuras sobre
los sucesos acaecidos el 16 de noviembre de 1532 en la plaza central de la
ciudad de Cajamarca, en el territorio del actual Perú, cuando el conquistador
español Francisco Pizarro, al mando de sus hombres, dominó al monarca inca
Atahualpa y todo su ejército, poniendo fin al imperio del Tahuantinsuyo,
siempre se ha dado por cierto, detalle más o menos, lo que habría sucedido
durante aquel fatídico día, y que dio inicio a una sucesión de hechos que
culminaron con la ejecución del Inca poco tiempo después.
El correr de los años, conjuntamente con la periódica
aparición de nuevos relatos, crónicas y documentos de diferentes fuentes, que
versaban sobre lo sucedido, consolidó la condición de hecho histórico, en principio
irrefutable, de las alternativas que se vivieron en ese aciago día del siglo
XVI, más allá de pequeñas diferencias entre relato y relato, dependiendo del
origen de las fuentes. Si bien estas diferencias se hacen notar a la hora de
buscar elementos que ayuden a comprender a fondo los sucesos que rodearon la
captura de Atahualpa y su posterior ejecución, no configuran elementos
relevantes que modifiquen sustancialmente el hilo principal de la historia ya
conocida. Existen numerosos relatos, testimonios y documentos, tanto de fuentes
de origen indígena como española, oficiales y no oficiales, como Guamán Poma de
Ayala, el Inca Garcilazo, Tito Cusi Yupanqui, Francisco de Jerez o Pedro
Pizarro, entre muchos otros, que, a pesar de las posiciones enfrentadas de sus
autores, sólo difieren en detalles como si el Fraile Valverde intentó frenar el
ataque español en la plaza o lo incentivó, sobre la forma en que Atahualpa se
deshizo de la Biblia entregada por el religioso, cómo fue la señal de Pizarro o
la fecha exacta en que fue ejecutado el destronado Inca.
Lógicamente, es esta una situación normal, ya que la
misma historia, a menudo es relatada por muchas personas: vencedores, vencidos,
testigos presenciales o no, místicos o escépticos, o interesados en instalar determinados
hechos en la historia por intereses particulares o políticos, y es la tarea del
historiador, interpretar, analizar y depurar toda la información disponible,
para intentar llegar lo más cerca posible de la verdad de los hechos, cosa que,
evidentemente, es muy difícil de alcanzar cuando se trata de sucesos acaecidos
varios siglos atrás.
Entonces, se entiende que sobre cualquier hecho
histórico, pueden existir siempre elementos propicios para el debate entre
defensores de diferentes posturas o interpretaciones, reforzando esa condición
que tiene la historia, siempre sujeta a la posibilidad de modificaciones, ante
cualquier nuevo descubrimiento que pudiere producirse en una biblioteca, un
yacimiento arqueológico, una colección privada, o en cualquier parte. Pero aun
así no resulta habitual que un descubrimiento de este tipo, ponga en duda la
veracidad de un hecho histórico que se tenía por incontrastable desde hace
siglos; es más, desde el mismo día de producido, como ha sucedido con los
sucesos de la plaza de Cajamarca del 16 de noviembre de 1532 cuando tuvo lugar
el trágico encuentro entre el Inca Atahualpa y el conquistador extremeño
Francisco Pizarro.
¿Qué pudo haber sucedido realmente? Los Documentos
Miccinelli
¿Habrán sucedido realmente así los hechos? Veamos: En
el año 1996, la historiadora italiana Laura Laurencich Minelli, profesora de
historia y Civilizaciones Precolombinas de la Universidad de Bolonia, dio a
conocer en el IV Congreso de Etnohistoria, en la ciudad de Lima, Perú, unos
documentos, conocidos como Documentos Miccinelli, cuyo contenido desvirtuarían
completamente la versión de los hechos acontecidos en Cajamarca, de acuerdo con
la versión tradicional, tenida por cierta desde hace siglos.
La historiadora tomó conocimiento en el año 1994 de la
existencia de estos documentos que pertenecían a la colección privada de la
profesora de lenguas clásicas Clara Miccinelli, de Nápoles, y que le habían
sido entregadas a su familia, más exactamente a su tío, el mayor Riccardo Cera,
por el duque de Aosta, Amadeo de Saboya, perteneciente a una rama colateral de
la familia reinante italiana, en el año 1927. Laurencich Minelli supo de estos
documentos cuando se topó con un libro llamado Quipu: el nudo parlante,
cuya autoría correspondía a la propia Miccinelli, Carlo Animato y Paolo Rossi.
En el mismo, se trataba sobre el complejo sistema de comunicaciones y archivo
de datos utilizado por los incas, basado en cuerdas anudadas estratégicamente,
y se reproducía parte de los documentos posteriormente dados a conocer en el
congreso. Si bien la profesora Laurencich Minelli, no había sabido de la
existencia de estos documentos hasta que casualmente se topó con ellos, se sabe
que ya muchos años atrás hubo historiadores interesados en dar a conocer su
contenido al mundo académico y científico, por ejemplo cuando el célebre
antropólogo y americanista francés Paul Rivet entabló negociaciones con la
familia Miccinelli alrededor de 1860 con el objeto de adquirir los documentos,
que finalmente no llegaron a buen puerto.
Los controvertidos documentos constan de dos partes o
cuerpos, ambos de origen jesuítico:1) Exsul Immeritus Blas Valera Populo y
2) Historia et Rudimenta Linguae Piruanorum.
Si bien los documentos tienen autores y fechas
diferentes, tratan en general sobre los mismos acontecimientos, pero valiéndose
de diferentes elementos. Lo notable de los contenidos de estos documentos,
radica en que ofrecen datos nunca conocidos que contrarían algunos de los
hechos que, como ya se ha dicho, se tenían por ciertos desde hace mucho tiempo.
En primer lugar, el documento Exsul Immeritus Blas
Valera Populo, el más antiguo de ambos, habría sido escrito por el padre
jesuita y cronista Blas Valera, quien firma el documento el 10 de mayo de 1618
en Alacalá de Henares, España. Este hombre era un religioso mestizo a quien se
adjudican varias obras literarias desaparecidas actualmente, pero de quien no
se conocen mayores detalles sobre su vida. En este documento, conformado por
numerosas cartas, anexos y dibujos, Blas Valera proporciona datos
autobiográficos, y otros numerosos datos, apreciaciones e información diversa
sobre la cultura incaica. En una de sus secciones, Blas Valera expresa con
vehemencia su condena a la aniquilación de la civilización incaica por causa de
la conquista española, da su versión de los hechos, y considera que se deben
llevar a cabo acciones a los fines de instaurar un nuevo reino Inca-cristiano,
dentro de los territorios de la Corona española, y en cierta forma, él se
constituye en el líder de un movimiento, quizá con aspiraciones de
revolucionario, que consideraba ilegítima la conquista de Pizarro por haber
sido obtenida por la traición y el engaño.
El segundo documento, el Historia et Rudimenta
Linguae Piruanorum, no fue escrito por Blas Valera, sino que fue
confeccionado años después de la muerte del religioso, por un grupo de jesuitas
que por algún motivo no quisieron darse a conocer y se identificaron solamente
con sus iniciales. En los documentos también se trata sobre temas referidos a
la ilegitimidad de la conquista española, y cuestionan duramente el derecho del
reino ibérico de mantener el poder sobre los territorios del Perú.
Por otra parte, este documento abre un gran
interrogante sobre la vida del jesuita, y su legado: teóricamente, de acuerdo a
la historia conocida hasta ahora, el jesuita Blas Valera, murió el 2 de abril
de 1597, pero dentro de los contenidos de estos textos, se afirma que en
realidad, luego de una serie de sucesos entre los cuales se incluye su
destierro del Perú, pero no por un asunto de mujeres, como se tenía por cierto
hasta ahora, sino por herejía y subversión política, lo que habría desembocado
en su muerte civil, y un posterior regreso al territorio andino en 1599,
falleció en realidad en 1619 en España. Durante su última estadía en las
tierras del extinto imperio de sus ancestros, habría escrito una obra de gran
envergadura sobre la cultura de los incas, conocida como Nueva Corónica y
Buen Gobierno, mundialmente conocida y apreciada en la actualidad, pero
atribuida hasta ahora al mestizo Guamán Poma de Ayala.
Esta obra es de características monumentales, debido
al importante y extenso contenido que posee, y que incluye unos trescientos
dibujos que ilustran con maestría episodios, historia, vida y costumbres del
pueblo de los incas, y que fueron elemento importante para componer los
actuales conocimientos que se tienen sobre esta civilización. De acuerdo con el
texto de los documentos, Guamán Poma de Ayala habría firmado un contrato, que
forma parte de los documentos, en el que se había comprometido a prestar su
nombre para figurar como autor de la obra, en lugar de sus “verdaderos”
autores, los jesuitas Blas Valera, quien se encontraba muerto jurídicamente
desde el año 1597, y Gonzalo Ruiz, quien sería, según los documentos
Miccinelli, el autor de los dibujos.
La Nueva Corónica fue concluida en el año 1615,
cuatro años antes de la supuesta muerte real de Blas Valera, y se confeccionó
en forma de carta para el rey Felipe III de España. Rápidamente su rastro se perdió
durante siglos hasta que recién en 1908 fue descubierta en la Biblioteca Real
de Dinamarca, en la ciudad de Copenaghe por el investigador alemán Richard
Pietschmann, en cuyos registros figura como ingresada entre los años 1784 y
1786. Recién fue publicado su facsímil por primera vez en el año 1936, y en la
actualidad puede consultarse en un sitio web dedicado exclusivamente a este
trabajo, en http://www.kb.dk/elib/mss/poma/, una excelente página
realizada por la Biblioteca Real de Dinamarca.
Uno de los elementos más importantes de toda esta
documentación, lo constituye el más antiguo de todos los documentos agregados,
la carta de Francisco de Chaves al rey, incluida en el Exsul Immeritus,
fechada el 5 de junio de 1533, que es justamente el documento que más pone en
tela de juicio la veracidad de los hechos que supuestamente ocurrieron en la
plaza central de Cajamarca, aquel día en que fue capturado el Inca Atahualpa.
Francisco de Chaves era un soldado de la hueste de Pizarro que presenció in
situ la captura y ejecución del Inca depuesto, y habría procurado
defenderlo de sus compañeros, sin éxito. Ante sus encontrados sentimientos
opuestos al accionar de Pizarro, diez días después de la ejecución de
Atahualpa, Chaves habría decidido escribir una carta al rey, contándole todo lo
que había visto: la verdadera forma en que se habría capturado al monarca Inca,
el saqueo que se estaba practicando sobre las tierras conquistadas, el robo de
Pizarro y sus hermanos del Quinto Real, perteneciente al Rey, y la feroz censura
ejercida por el conquistador para que nada de lo sucedido pudiera hacerse
público. Sin muchas posibilidades de dar curso a esa carta, se la entregó a
Luis Valera, pariente de Blas Valera, por el año 1535 durante la expedición de
Almagro a Chile, de la cual Chaves formó parte, por haberse alineado en su
hueste, en contra de los Pizarro. De hecho, se tiene por muy probable que
Francisco de Chaves habría escrito una relación de los hechos, pero estas
crónicas se encuentran perdidas, y de esta manera, esta carta, recién
presentada a la comunidad académica y científica internacional en el año 1998,
constituye el único testimonio conocido hasta nuestros días que levanta la voz
en este tono contra de Francisco Pizarro y sus hermanos. Algo verdaderamente
llamativo.
Veamos, entonces, cómo se desarrollaron los sucesos de
Cajamarca, de acuerdo a la versión de la carta de Chaves: Según los testimonios
vertidos en esta misiva, Pizarro no sólo no capturó por las armas al Inca
Atahualpa, sino que jamás habría tenido lugar la tristemente célebre batalla en
la plaza de Cajamarca que se desató cuando se propusieron capturar al monarca
indígena, en aquel 16 de noviembre de 1532.
De acuerdo a lo testimoniado por Chaves, Francisco
Pizarro habría urdido un plan para engañar maliciosamente al Inca y deshacerse
de toda su plana mayor de un solo golpe, mediante una trampa. El ardid habría
consistido en invitar al Inca y todos sus principales a celebrar un brindis.
Luego de haber aceptado el convite, todos los invitados habrían sido servidos
con vino moscatel envenenado, provocando de esta forma una muerte masiva de la
plana mayor indígena, y capturando luego al desprotegido Inca Atahualpa, quien
no habría sido convidado con la bebida envenenada para mantenerlo con vida
hasta que ya no lo necesitaran. El mortal brebaje habría sido preparado por
tres frailes dominicos que viajaban con la hueste, fray Vicente Valverde, fray
Juano de Yepes, y fray Reginaldo de Pedraza, quienes lo habrían elaborado
mezclando el vino moscatel con rejalgar (trisolfuro de arsénico). Cabe destacar
que en el documento Exsul Immeritus se aprecia, en una de sus páginas,
un dibujo que ilustra al dominico Juano de Yepes conduciendo un carro tirado
por una bestia, que carga el vino moscatel envenenado destinado a asesinar a
los incas. Chaves afirma que ya desde antes de partir de Panamá se había urdido
el plan, al punto que manifiesta que se cargaron en los navíos cuatro toneles
de vino moscatel envenenado para usarlo cuando fuera necesario, y que los
frailes comentaban con el extremeño a menudo sobre el plan, a lo largo del
viaje hacia el Perú. Además, afirma que fray Yepes fue asesinado posteriormente
por el mismo Francisco Pizarro con un puñal, aparentemente por la voluntad del
fraile de denunciar el complot, quizá arrepentido de haber formado parte de él
desde el principio. Otro elemento que agrega para inculpar a Pizarro, es que
cuando Atahualpa se vio sólo y derrotado, solicitó formalmente, desde su
condición de monarca que fuera trasladado ante Carlos V, pedido que fue
denegado de plano por el capitán extremeño. Proporciona, además los nombres de
cada uno de los compañeros de Pizarro con quienes se apropió del Quinto Real
perteneciente a su majestad.
Esta carta, cuenta además con dos notas, una del lic.
Polo de Ondegardo corregidor del Cusco, quien tiene que haberla tenido en su
poder entre 1559 y 1560, y que dice "No es cosa", forma para
recomendar no tenerla en consideración, y luego estampó su firma. La otra es
del P, José de Acosta, que fue Provincial del Perú, que anotó, entre 1576 y
1581: "Non D.D. ExSimus”, lo que significa “no se entregó a la persona a
la cual estaba dirigida”.
En apoyo de la autenticidad de la carta de Chaves, se
cita la existencia de otras dos cartas que el lic. Francisco de Boan, dirigió a
don Pedro Fernández de Castro, Conde de Lemos, virrey de Nápoles (1610-1616),
ex virrey del Perú, fechadas respectivamente en la Ciudad de los Reyes, actual
Lima, el 28 de marzo de 1610 y el 31 de octubre de 1611. El contenido de estas
cartas que la historiadora italiana Francesca Cantù habría hallado
recientemente en el Archivio di Stato di Napoli, y que no están relacionadas a
los documentos Miccinelli, tratan los mismos temas en discusión a raíz de la
carta de Chaves, y están acompañadas de un curioso dibujo que representa a
Chaves sentado en una silla, escribiendo la carta al rey en la que denuncia a
Pizarro. Este dibujo habría sido realizado por el mismo autor de los dibujos de
la Nueva Corónica.
El texto de la primera carta testimonia cómo la
censura instaurada por Francisco Pizarro no logró plenamente el objetivo
esperado ya que fue burlado por el relato del capitán Francisco de Cháves, como
testigo del envenenamiento del Inca y su plana mayor, perpetrado por Pizarro en
Cajamarca, y se muestra algo preocupado por el recuerdo popular que aún se
mantenía en ese momento sobre: “ el capitán Francisco de Cháves, de los de la
primera conquista, que denunciaron al marqués Pizarro y sus compañeros por
matar a los caudillos del tyrano Atagualpa con veneno...”
En la segunda carta, el lic. Boan, relata cómo debió
llevar adelante una detallada investigación de las relaciones escritas sobre la
conquista y manifiesta que gracias a esa labor encontró una memoria de las
hazañas de Cajamarca no sometida a censura, que fuera escrita por el hidalgo
Alonso de Briceño, en la cual se denuncian exactamente los mismos asuntos
denunciados por Cháves en su carta al rey. Esto es: el envenenamiento de
Atahualpa y sus acompañantes por parte de Pizarro, así como las falsas cuentas
de Riquelme y Salcedo. Además, brinda los nombres de un nutrido grupo de
soldados que estuvieron en contra del accionar del capitán y sus hermanos:
Francisco de Cháves, Diego de Mendana, Diego Mendez, Rodrigo Orgonez, García Martín,
J. de Padilla, Diego de Aguilera, Hernando de Mercado, Rodrigo de Ibarra,
Francisco de Albarrán. Así, esta carta reafirma la versión de los contenidos en
la carta de Francisco de Cháves, y establece que aparentemente no sólo esta
misiva se habría escapado de la censura, sino también otros escritos como esta
Memoria de Alonso de Briceño, que Boán le agrega al Virrey que tiene en sus
manos y que conviene destruirla. Claro está que este documento no existe en la
actualidad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario